Son dos niños que no se conocen y que nunca se van a ver. Uno muere, el otro espera a varios kilómetros de distancia y va a seguir viviendo gracias a esa muerte. Todo transcurre en 12 horas.
Uno de ellos tiene 9 y hace varios meses que espera un hígado. El otro tenía 12 y su cuerpo todavía respira mientras regala sus partes mas vitales. Un equipo de médicos espera que termine la toma de órganos y que el anestesista apague la maquina que lo mantenía latiendo. De ese hospital en el Conurbano Bonaerense parte la ambulancia con el hígado. En Buenos Aires esperan el resto del equipo de 13 médicos, para el segundo paso de una operación que va a durar toda la noche. Es una intervención delicada que puede sufrir complicaciones.Son momentos donde se mezclan la ciencia y la magia; donde transcurren al mismo tiempo destellos de poesía absoluta y frialdad profesional. Los médicos parecen abstraerse hasta del tiempo y se los ve como héroes en esta historia donde todos se comportan como tales. Por momentos, en esta sala de operaciones con la música sonando en un ipod, parecen mecánicos arreglando un motor. Para los familiares, ver regresar la camilla con alivio. En el rostro de doctores y enfermeras, tras los rastros de agotamiento y cansancio, se puede leer la satisfacción por haber logrado hacer vida con la muerte. Ni bien terminan ellos se van con otros pacientes y nosotros con otras fotos. Luciano queda al cuidado de su familia, mientras en el cementerio despiden a Tomás.
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