Día a día un elemento tan vital del ser vivo se convierte en alimento de la metrópoli mexicana, ganchos filosos y puntiagudos, embudos, tinas y cazos se preparan para recibir cientos de kilos de la sangre de puerco. Los intestinos se limpian y comienzan a dilatarse, se expanden, se ablandan hasta que se consigue el objetivo de el agua hirviendo.
Llega la hora de sumergirse a el obrador para rellenar con la sangre de cerdo esas cantidades kilométricas de tripas, de perderse unas horas, una vida, de salpicar hasta donde el físico lo permita, de teñir de rojo lo que antes era blanco, piso gris, piel, uñas, cabello, ropa, botas.
Fumarse un cigarro, tomarse un vaso de cerveza, coleccionar mujeres en las paredes, todo se vale para olvidarse por unos minutos del sabor, de empaparse el cuerpo, del olor que satura esta fabrica en donde la materia prima es el sistema digestivo del animal.
Actualmente la moronga cumple un papel importante en la cocina tradicional, todo la sangre que se procesa en los rastros del país tiene una alta demanda pues antes de sacrificarlos el liquido ya ésta vendido, sin embargo hasta la fecha el registro visual de la elaboración de éste alimento es casi un enigma debido a la clandestinidad en que se lleva acabo o al temor de ser clausurados por las autoridades
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